Haciéndose hombres (04/11/2010)



Todos los madridistas esperábamos la cita en Milán nerviosos y contentos tras nuestra victoria en el Bernabéu, aunque llegáramos tensos a los últimos días. El duelo se perfilaba mientras avanzaba la semana, en la que era nuestra primera salida a territorio sioux. A nadie le hubiera importado que los jugadores saltaran al campo ya con las camisetas sucias. Tras la visita a San Siro en esta liguilla, sólo queda el Barcelona y los cruces en Europa a vida o muerte como grandes pruebas. El protagonismo prepartido iba para Mourinho, que recordó hazañas pasadas al público y asistía al inicio del juego enseñando a toda Europa las suelas de sus zapatos en el banquillo mientras mascaba chicle con desprecio. Bonita imagen si pensamos que anoche Mourinho estaba sentado en la sala de estar de su ex suegra.

Los tifosi se encargaron de llevar nuestra emoción hasta el inicio del partido: tifos, pancartas ochenteras, banderas, cánticos… El primer jugador del que tuvimos constancia fue Di María, poliédrico y polifacético, y hasta barato y guapo según le vemos avanzar y correr. Unas veces ayuda a Ramos, otras filtra pases interiores, otras marca goles, pero siempre está presente de alguna forma. La repetición de ciertos automatismos se convierte en rutina, y de todas las muescas de la nueva anatomía madridista ya hay varios clásicos. Uno de ellos es la presión de Özil al mediocentro rival -Pirlo- en el inicio de la jugada contrario. Los italianos, en una muestra de sofisticación táctica, abrieron fuego a discreción sobre Alonso, que se llevó tres entradas por la espalda en cinco minutos.

La previa que se juega dentro de los minutos iniciales de los partidos se prolongó más que en otras ocasiones, y había gestos apresurados y esfuerzos máximos en los futbolistas. Un sprint entre Pepe, Carvalho y Pato nada más comenzar el partido daba muestras de las disposiciones. El Milan, sin ganas ni necesidad de repetir los errores del Bernabéu, iba donde quiera que fuera la bola blanca, pero todos juntos y de la mano, como una mole gigante de 8 o 9 hombres. Poco importaba que quedaran espacios abiertos en las bandas contrarias de 8 o 10 metros de ancho, y fue una lástima que Alonso no probara con un latigazo a Cristiano o Di María.

Marcelo, activo, ordenado, inmenso; actuó como recurso de emergencia tanto en la elaboración -precaria y precipitada al inicio- como en las incorporaciones ofensivas. Cuando Marcelo coge la pelota en 3/4 tenemos la sensación de que el campo se reduce a una cancha de fútbol sala, que los defensas echan raíces en el suelo y sólo pueden pararle tirados desde el piso, y que algún día la jugada terminará en un gol para el recuerdo, o que a lo mejor tendremos un recurso de autor durante una década. Pasados los diez primeros minutos, de ritmo alto y ajetreado, los rivales comenzaron a intercambiar golpes. Alonso – en otro gran partido a la sombra- le puso un balón a Pepe en la cabeza que el portugués no acertó. Luego, el presidiario Boateng probó a Casillas. En este tipo de jugadas -remate del medio que se incorpora al ataque- se agradecería que Khedira estuviera pendiente del rechace en segunda línea.

Higuaín cayó varias veces al ala izquierda del ataque blanco, y aunque es el único de la parte de arriba sin cualidades para retener balón y participar en la creación y lectura de juego, se integró satisfactoriamente en algunos movimientos globales buscando el pase interior. En una ocasión Cristiano no finalizó, en otra la jugada pasó de largo. Di María, nuestro jugador franquicia tras Cristiano, volvió a protagonizar una galopada que no supo terminar. Al principio no se atrevió o no pudo chutar, luego no supo ver el pase.

A pesar de la tensión del partido, el Milan no llegaba a incomodar. Con Pirlo más cerca de Abiatti que de Casillas, sin fútbol en el mediocampo, sólo disponía de dos recursos: balón largo y contra. Estaba resultando una primera parte atípica, con 15 minutos de largo tanteo y 15 de juego; y partir de la media hora, entre el teatro de Cristiano y la aparatosidad de Gattuso se diluyó la primera parte entre la sensación que no haber pasado nada, pero tuvimos el cuerpo en contracción casi una hora. A destacar la dificultad de Khedira en la noche de ayer para imponerse en algunas fases del partido. Khedira, sin ser un creador, ni siquiera un distribuidor notable, tiene un peso decisivo en el engranaje blanco. Ante un choque alborotado, de ida y vuelta y sobreexcitado, Khedira se las vio y se las deseó para entrar en contacto con el balón. Y la falta de Khedria se traduce en falta de pausa, de tiempo de repliegue ofensivo… A pesar de todo, cuando entró en contacto siempre fue para sumar: recuperaciones, balones aéreos proyectados por Abiatti al cielo de Milán, rápidos pases verticales, tiro lejano rozando el palo…

Al final de la primera parte el Fideo filtró un precioso pase a Higuaín (con la ayuda del arrastre de Cristiano) que era una invitación al desvirgue europeo del argentino. Higuaín convirtió y se sacudió algunos fantasmas, y hubiera sido muy divertido que festejara el gol como Adebayor, que literalmente se sacude la mala suerte después de marcar un gol. El gol de Higuaín, si bien es en San Siro y en miércoles, es una felicidad a medias. Apenas levantado el telón para el segundo acto, el Real dio la impresión de querer el partido, con un tirazo de Cristiano que sacó Abiatti y con una presencia casi íntegra en los primeros 5-6 minutos de la segunda parte en el campo milanista.

Di María volvió a engrosar su lista de desbordes y asistencias, pero esta vez faltó un nueve en el área pequeña. Es una pena que el Madrid no terminara el partido antes de entrar en una autocomplacencia penosa que coincidió con la entrada de la rata Inzaghi, que de no haber sido futbolista habría valido para interpretar el papel de Theodore Bagwell o similar. A media hora del final, con la rata Inzaghi incordiando a nuestros jugadores sobre el alcantarillado italiano, Marcelo le hizo la misma que Roberto Carlos le hizo a Giuly en un 2-0 al Barcelona, sólo que el italiano empujó y agredió por la espalda miserablemente Xabi Alonso. Sin noticias de Webb.

El partido automáticamente bajó una marcha y el Madrid se recreó en un juego plano y sin objetivos por primera vez en la temporada, como si le molestara que el crono sólo apuntara 60 minutos en vez de 90. No ayudó la desaparición del terreno de Özil, un poquito pequeño a pesar de su calidad ante hombres grandes, y con una vandervaartesca sensación de tener gasolina para 60 o 70 minutos. Menos de 10 minutos con la molesta -pero eficaz- versión italiana de Baúl en el campo y Pepe se confió tanto en un balón con Ibra que quiso despejar tirándose al suelo. Nadie entendió la lógica de ese gesto, y el sueco se llevó la bola. Casillas, como queriendo ganar tiempo, dio un paso adelante para atrapar eso que soltó Ibra que ni parecía un centro, ni un chut, ni un centrochut, pero terminó en gol. Si este gol nos dolió porque fue culpa nuestra íntegramente, más nos dolió el siguiente en un fuera de juego “obsceno”, como apuntó Isidro en los comentarios. Casillas terminó de neutralizar su balance personal en San Siro (paradas a Boateng e Ibra en la primera parte) con un ridículo salto ante Inzaghi, el delantero con menos clase y más instinto del mundo durante muchos años. Un delantero que jamás en su vida buscaría una vaselina. A partir del gol, los dinosaurios milanistas comenzaron a rodar sobre el césped de San Siro como si fueran gatos mimados en una alfombra; Gatusso, Pirlo… Sin embargo es admirable ver cómo el Milan domina el fútbol subterráneo.

La obscenidad absoluta llegó en el 87′, cuando Abate felicitaba a Inzaghi mientras atendían a Pirlo. Abate, creyéndose tal vez perdedor, fue sin saberlo el ganador de un estúpido duelo que Cristiano continuó durante todo el partido, que le sacó del mismo y le montó en ese estúpido vodevil  ambulante llamado “Cristiano contra el mundo”. Fue al final del partido, con todos los milaneses felicitándose por la victoria, que Alonso, en un balón que el 80% de futbolistas habría colgado a la olla, le colocó con el interior del pie un pase vertical a Benzema, que leyó el desmarque de León a la perfección y continuando la magistral maniobra del vasco filtró un bello pase al murciano, que no se sabe muy bien cómo, alojó el balón entre las piernas de Abiatti. El gol se celebró como si diera un pase a una semifinal, tal era la decepción de los madridistas, que viéndose superiores en un partido desordenado siempre merecieron la victoria.

El empate nos deja clasificados y con un sabor de boca agridulce, puesto que ayer debimos -obligación y posibilidad- ganar en San Siro.  La maquinaria sigue compenetrándose y mostrando solidez a pesar de algunos desajustes, y Mourinho sigue teniendo retos delante suyo: dosificar esfuerzos, Özil, Higuaín, Benzemá, Pepe, los dos derbis… Esperamos todos ellos con ganas, tras esta prórroga de nuestra ansiedad.

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Archivado bajo realmadrid2010-2011

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